El trabajo agrícola en paises centroamericanos tiene esa mezcla de orgullo y desgaste. Don Juan lleva décadas cultivando, sembrando y cosechando bajo el sol que no perdona. Su cuerpo parece endurecido por la tierra, y sus pasos firmes son el eco de toda una vida dedicada al campo. No lo he visto detenerse a conversar ni a quejarse: solo avanza, como si cada día fuera igual al anterior.
Hay quienes sonríen como reflejo de cortesía, pero Don Juan no. Su mirada transmite distancia, tal vez un rencor acumulado, o quizá simplemente la costumbre de vivir sin adornos. A veces pienso que de niño pudo haber sufrido maltratos o que lo obligaron a trabajar desde temprano, robándole la infancia. O tal vez todo lo contrario: quizá sea feliz en su propio modo de vida y no necesita demostrarlo con sonrisas.
Mirar a Don Juan es mirarse en un espejo de preguntas. ¿Cuántas historias caben en un rostro inexpresivo? ¿Es su silencio un muro o una forma de protección? Me pregunto si realmente necesitamos sonreírle al mundo para probar que estamos en paz. Quizá el error es mío al esperar que cada persona me regale una sonrisa. Tal vez Don Juan entiende algo que yo todavía no: que la vida se vive, se trabaja y se calla, sin necesidad de adornarla para los demás.
Como pasa con otros oficios que parecen invisibles, ya escribí sobre un agricultor que vive entre la botella y el machete.
La vida en el campo salvadoreño está llena de contradicciones: esfuerzo sin descanso, orgullo silencioso y gestos que no necesitan palabras. Don Juan, con su rostro serio y su machete al hombro, es un recordatorio de que no siempre entendemos lo que otros cargan dentro. A veces el silencio habla más que una sonrisa.
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