Corrían los años noventa y yo apenas tenía seis u ocho años. Vivía en una comunidad rural de El Salvador, de esas aldeas apartadas donde la noche cae más densa y los ruidos parecen venir de otro mundo. Como suele pasar en esos lugares, abundaban las historias de apariciones, espíritus y presencias extrañas que buscaban a los rebeldes y a los viciosos. Pero había un relato que no se quedaba solo en palabras: era algo que se sentía, que se escuchaba y que más de uno juraba haber visto.
Era un animal de aspecto espeluznante, imposible de definir con exactitud. Algunos decían que parecía una gárgola, otros lo comparaban con el hombre polilla. Lo cierto es que su silueta oscura se dejaba medio ver en las noches más tensas. Siempre aparecía en las casas donde había conflictos: hermanos peleando, parejas al borde de la separación, padres borrachos que sembraban caos en el hogar. Como si se alimentara de esas malas vibras, buscaba posarse en los techos y absorber toda la podredumbre que encontraba.
El terror comenzaba cuando empezaba a interactuar con las personas. No se conformaba con mirar desde lejos: levantaba las láminas de zinc, golpeaba las tejas, hacía vibrar los techos como si quisiera arrancarlos de raíz. Había noches en que el aire mismo se sentía pesado, como si esa criatura invisible intentara entrar y reclamar su espacio. Para los adultos era señal de que algo estaba mal en el hogar. Para los niños, como yo, era el preludio de noches interminables de miedo.
Recuerdo con claridad que en mi casa jamás pasó nada. No porque estuviéramos a salvo de lo extraño, sino porque mis abuelos mantenían un orden férreo. No toleraban peleas ni gritos, no permitían que el desorden reinara. Y quizás por eso aquella criatura nunca tuvo razones para posarse sobre nuestro techo. Comprendí entonces algo que me acompañó toda la vida: donde hay armonía, el mal no encuentra lugar. Donde hay disciplina, lo oscuro no tiene cabida.
Han pasado los años, pero no puedo evitar preguntarme qué habrá sido de esa leyenda. ¿Sigue merodeando en silencio en las aldeas rurales? ¿Sigue buscando casas quebradas por el vicio, la violencia o la desesperanza? Tal vez sí. Tal vez aún vive en la oscuridad, esperando que las malas vibras lo alimenten, como lo hacía en aquellas noches de mi niñez. Y aunque nadie pueda probar su existencia, yo sigo creyendo que esas historias tienen más de verdad de lo que muchos quieren aceptar.
Si este relato de misterio te atrapó, también puedes leer la vida silenciosa de Don Juan, un campesino que rara vez sonríe o el relato del agricultor que vive entre la botella y el machete.
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