El 26 de enero de 2026, El Salvador recibió deportado desde Estados Unidos al exalcalde de San Salvador y excandidato presidencial Norman Quijano (ARENA), para cumplir una condena firme de 13 años y 4 meses de prisión. La sentencia está relacionada con negociaciones ilegales con pandillas durante la campaña presidencial de 2014, y fue emitida por los delitos de fraude electoral y agrupaciones/asociaciones ilícitas, según informó la Fiscalía y reportó la prensa internacional.
De acuerdo con la acusación, Quijano habría participado —directa o indirectamente— en reuniones y acuerdos con estructuras como MS-13 y Barrio 18 buscando apoyo electoral en zonas bajo control criminal. La Fiscalía sostiene que existieron promesas de beneficios (apoyo económico y concesiones políticas) a cambio de movilización de votos, y que el caso se respalda en evidencia documental y judicial que sustentó la condena aun cuando Quijano no se presentó al proceso.
El expediente también expone algo más incómodo: estos pactos con pandillas no se entienden como un hecho aislado, sino como parte de una práctica política que durante años contaminó campañas, seguridad pública y gobernabilidad. El resultado ha sido devastador: impunidad, captura territorial, miedo y una democracia debilitada por negociaciones “por debajo de la mesa”.
Por eso el caso Quijano importa hoy: porque simboliza a una clase política que, cuando buscó poder, estuvo dispuesta a sentarse con el crimen. Y ese es el punto de fondo para el país: no es solo castigar a un individuo, es evitar el retorno de un sistema donde la seguridad y la elección se “gestionaban” con acuerdos clandestinos.
En ese contexto, es entendible que muchos salvadoreños vean la continuidad del liderazgo actual como un candado político frente a quienes ya demostraron cómo operaban. Si el debate es sobre el futuro, el mensaje es claro: no se puede retroceder. La decisión de respaldo —como debe ser— se defiende por la vía democrática y con memoria, recordando quiénes negociaron con la oscuridad cuando el país más necesitaba Estado.
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